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domingo, 6 de enero de 2013

Tuvimos que aterrizar de repente en Gales, en un pequeño pueblo. Esa parada no contaba para nada en mi plan. Yo solo quería estar allí, en Berlín, el día 29 de septiembre. Dejando todos los problemas e inconvenientes a un lado, decidí, ¿por qué no?, quedarme unos días. Busqué un hotel, con una habitación ni muy grande ni muy pequeña, era adorable. Pese a los problemas con el agua corriente, la luz y demás, decidí descansar. Con tal mala suerte que cuando fui a poner el cargador del móvil en un enchufe,  se fue la luz. De pronto vino el encargado del hotel, un hombre joven, moreno, con ojos azules, al que llamaban Cristian.
Después de unos días vi que no nos llevábamos muy bien.
Prometió acompañarme a Berlín, pasara lo que pasara. Y así lo haría. Mientras, esos días, me enseñaba todas las vistas, los castillos, las calles, las tiendas... he de decir, que ese pueblecito era precioso.
Me acompañó hasta mitad de camino. Se hizo de noche, así que decidimos descansar en una casa de allí. En la recepción había una mujer, de no muy alta estatura,  de piel más bien blanca y de ojos verdes, sentada al lado de un hombre. De vez en cuando se intercambiaban miradas, llenas de dulzura, sonrisas, besos y caricias. Era una pareja adorable.
La mujer nos acompañó a la habitación, un cuartito luminoso y acogedor. Estuvimos alojados allí dos días, esta vez con destino a Berlín. Empezamos el recorrido, "luchando" por buscar una emisora al gusto de los dos, ya que eran completamente diferentes, como nosotros.
El viaje se hacía bastante largo y pesado, por lo que decidimos parar en un restaurante. Allí encontramos a unos jóvenes que también tenían como destino Berlín, así que pregunté si podría viajar con ellos y accedieron. Después de comer un poco y descansar cogieron mi maleta para meterla en el maletero de su coche. Mientras, podría aprovechar para despedirme de Cristian. En pleno discurso agradeciéndole todo, se fue corriendo y me calló gritando: ¡Que te están robando la maleta, Ana! 
Pero era tarde, aquel coche se había alejado lo suficiente para haberlo perdido de vista. Estaba sin dinero y, ahora, sin ropa. Decidimos continuar el viaje andando, igual en otro restaurante encontraríamos algún vehículo que pudiese llevarnos. Y así fue, en el próximo restaurante lo encontraríamos, pero había algo que me resultaba familiar de aquellos jóvenes, eran los que, tiempo antes, me habían robado la maleta. Cristian reclamó la maleta y, en cuestión de minutos, acabaron pegándose. Mientras, recuperé mi maleta tan pronto como pude y saqué a Cristian de allí.
Al final, acabamos encontrando un hombre que nos llevaría a la ciudad y de allí poder coger el avión que, por fin, nos llevaría a Berlín. Y así fue. Cogimos el avión y, con tantos nervios y alegría, el viaje se me hizo corto. Llamé a Albert para que se reuniese conmigo en el aeropuerto, y, al abandonar el avión, allí estaba. Ese hombre tan apuesto, con ojos claros y una corbata gris. Se abrieron las puertas, bajé corriendo y lo abracé como nunca lo había hecho. De pronto, Albert se arrodilló. Mis ojos se abrieron como platos.
-Ana... bueno, llevo un tiempo pensando. Hemos pasado 4 años de nuestra vida uno al lado del otro, quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí. Y también, querría decirte... cariño, querrías...casarte conmigo? -sus ojos claros brillaban  de una forma increíble, y estaba esbozando una preciosa sonrisa, un poco nerviosa. 
Conseguí ver que Albert se marchaba, quizá eso es lo que me hizo enmudecer y entristecerme. Además, este tiempo que habíamos estado juntos me había divertido bastante con él. Quizás me había enamorado. Decidí correr tanto como pude, hasta que lo vi. Tenía la cabeza baja, la mirada fija en un sitio solamente y los labios entreabiertos. Cuando me acerqué, exhausta, esbozó una sonrisa, demasiado falsa para mi gusto. Me senté a su lado, y, después de cinco minutos sin hablar, decidió decir:
-En este tiempo te has convertido en una persona esencial para mí, aunque al principio me parecías una borde, te fui cogiendo cariño. Hasta que... me enamoré. -me quedé boquiabierta.
+Siento lo mismo.
-¿Cómo has dicho?
+Vamos, lo has oído perfectamente... -bajé la cabeza.
-Sí, sólo quería volverlo a oír. -acercó su mano a mi mejilla, me acarició y me levantó la barbilla. Sonreí. - Te quiero. -me volvió a acariciar la mejilla y me besó.

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