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lunes, 29 de abril de 2013

Era el día esperado. Caminaba despacio, con el corazón latiéndome como si se me fuera a salir del pecho, con la mirada fija en el suelo, y una sonrisa en los labios. Por fin lo vi. Estaba esperándome, con las manos en los bolsillos y con una sonrisa que no podía disimularla. Era imposible no sonreír al verlo.
Entonces vino hacia mí, y, por qué no, decidí abrazarlo con todas mis fuerzas. 
Llevábamos esperando ese día semanas, y, por fin, había llegado. Pasamos una tarde estupenda, aunque eso no importa. Sólo importaban dos personas en ese lugar. Él y yo.
Juré mil y una veces que no me gustaría, que era imposible, que no. Pero no lo acabé cumpliendo.
Juré mil y dos veces que no sonreiría como una idiota al verle. Otra promesa no cumplida.
Juré mil y tres veces que no juraría más, ya que era caso perdido.
Pero me arriesgo, y juro otra vez, que le quiero más que a nada.

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