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miércoles, 19 de marzo de 2014

Ya hacía tiempo que no te escribía. La verdad es que las cosas por aquí van bastante.... estables. La abuela ya sabes que sin ti está perdida, siempre lo estuvo, pero está contenta. Apareces en cada foto del salón, enmarcado. Eso es lo único que queda de ti. Pero, ¿sabes una cosa? Si cierro los ojos sigo acordándome de tus manos, aquellas manos tan ásperas, tan arrugadas. Aquellas manos que buscaban las mías cuando entraba a tu cuarto. Recuerdo también esos ojos tan indescriptibles. ¿De qué color eran? Nadie lo sabía. ¿Gris? ¿Azul? ¿Verde? Eso importa poco, eran preciosos.
Recuerdo también tus camisas, todas con rayas verticales, tus gorras para salir a la calle. Aquellas gorras por las que siempre preguntabas, ya que cada vez las dejabas en un sitio y ni tú sabías dónde estaban. Ese bastón que te ayudaba a caminar. Tus costumbres, como la de comer pan a todas horas. Café y pan, comida y pan, merienda y pan, cena y pan. O la de pasearte siempre por la casa.
¿Te acuerdas cuando viniste con la abuela a pasar unos días con nosotros? Al asomarte a la terraza te asustaba tanta altura, no estabas acostumbrado, pero te acabó encantando salir a la terraza, sentarte y leer, o, tan simple como estar. Realmente necesitaba escribirte esto. Nos acordamos tanto de ti... yo y todos. Has sido un modelo a seguir, un ejemplo de fuerza. No te rendiste jamás, pese a todo lo que se te echaba encima. Has tenido un corazón que no te ha cabido en el pecho. Y jamás podría decir nada malo de ti, ya que simplemente no lo había. No sé cómo lo hago pero siempre acabo llorando al escribir estas cosas... estas situaciones me superan, pero es como hablar contigo. Es como acercarme a tu habitación y hablarte. No sabía si me escuchabas, si realmente me prestabas atención, si hablaba sola, pero allí estabas tú para asentir, para mirarme con aquellos ojos como diciéndome que me escuchabas, que te hacía falta esa compañía, que te venía bien que te contasen las cosas que pasaban fuera de esa habitación blanca, llena de gasas, de pañales. Siempre estuve yo allí contigo. Tú me viste nacer, abuelo, y yo, por desgracia, te tuve que ver morir. Pero esto no es un adiós. Adiós se dice a las personas que se han ido, pero tú, abuelo, tú nunca te has ido. Gracias por cada momento a tu lado, gracias por tus abrazos, los dibujos que hacíamos cuando era pequeña, los juegos de cartas contigo y con la abuela. Has sido, eres, y serás el mejor. Te quiero.

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